domingo, 27 de mayo de 2018

Sobre Democracia Paritaria (3/3)

Con esta entrada cerraré mi exposición de los elementos que debe incluir la democracia paritaria. Hasta ahora he expuesto los primeros tres elementos y hoy desarrollaré los últimos dos: la conciliación entre la vida personal, familiar y laboral y la participación efectiva de las mujeres.


CUARTO COMPONENTE: Conciliación entre la vida personal, familiar y laboral 
Una de las principales reivindicaciones feministas es que las labores de reproducción y de cuidado -asignadas históricamente a las mujeres- sean reconocidas y valoradas en términos económicos y sociales. Me parece que es indispensable hacer lo propio en ámbitos político-electorales.


A esto se suma el hecho de que no es posible soslayar que la incursión de las mujeres al ámbito público, demanda la generación de políticas públicas y esquemas laborales que permitan su desarrollo personal y profesional.


Entonces, por un lado, es relevante reconocer la aportación de las mujeres al ámbito público a partir del desarrollo de las labores de cuidado y, por otro, construir esquemas que eviten que su incursión en tal ámbito devenga en doble jornada o en detrimento de su vida personal.


¿Cuántas veces hemos sido conscientes de todas aquellas cosas que tienen que estar resueltas para que una persona pueda enfocarse en el ámbito público, para manejar una candidatura y, en su caso, ejercer un cargo de elección popular? Cuestiones que van desde tener ropa limpia y planchada, administrar el hogar, hasta el cuidado de niñas, niños, adolescentes, personas con discapacidad o adultas mayores.


Mucho de lo que los varones lograron en el ámbito público fue posible en gran parte debido a que las mujeres (madres, esposas, hermanas, hijas, cuidadoras, tías, nanas, empleadas domésticas, etcétera) resolvieron todas esas necesidades de las que les hablo.


Está claro. Sin personas que se hagan cargo de estos roles, la Democracia no es posible. La democracia paritaria, mucho menos.


Tenemos que darnos cuenta de lo siguiente:

  • De acuerdo con el INEGI,[1] en 2015, la mayor parte de las labores domésticas y de cuidados fueron realizadas por mujeres, con el 77.2% del tiempo destinado a ello.

Esto hace ineludible la pregunta de si la repartición de las labores de cuidado entre hombres y mujeres afecta que éstas accedan a los cargos de elección popular y, en su caso, que tengan que enfrentar la doble jornada.


Recordemos que en su recomendación 23[2], el Comité para la Eliminación de la Discriminación Contra la Mujer de Naciones Unidas (conocido como Comité CEDAW) reconoce que uno de los factores que en todas las naciones ha impedido la participación de las mujeres en la vida pública, es que los hombres no han participado en la organización del hogar ni en el cuidado y la crianza de las y los hijos.


Por ello, concluye que, si a las mujeres se les liberara de algunas de las faenas domésticas, participarían más plenamente en la vida de su comunidad.

  • Si nos tomamos en serio el aporte político-electoral de las labores de cuidado, debemos deconstruir la definición del mérito requerido para ocupar cargos públicos, de forma que se valoren tales roles en lugar de que operen en contra de las aspiraciones políticas de las mujeres. Es decir, debe reconocerse valor curricular a todo lo relacionado con la economía del cuidado.

En este sentido, me parece importante destacar que el artículo 56 del Acuerdo general para el ingreso, promoción y desarrollo de la carrera judicial con paridad de género, en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación,[3] establece, literalmente, lo siguiente:


-Tomando en cuenta que el aprendizaje y las habilidades que demandan los roles de cuidado son valiosos y aportan al ámbito laboral, éstos tendrán valor curricular, independientemente del sexo de la persona que las realice.

-Las valoraciones curriculares deberán estar libres de estereotipos discriminadores sobre las expectativas y capacidades que deben cumplir las personas en función de su sexo y género.
Este tipo de políticas dan cuenta del valor que las instituciones dan al trabajo realizado por las mujeres y combaten todas aquellas prácticas discriminadoras de no contratar mujeres en edad reproductiva, embarazadas o recién casadas; hombres solteros con hijos o hijas, etcétera. Con políticas como estas, reconocemos que ese tipo de labores tienen algo que aportar al ámbito público.

  • En su recomendación 26[4], el Comité CEDAW reconoce que el desequilibrio de género permea ciertas ideas sobre lo que es o no es un trabajo apropiado para las mujeres, lo que se traduce en un mercado laboral en el que las oportunidades de empleo se limitan al desempeño de las funciones que le han sido asignadas estereotípicamente, como el cuidado del hogar, el servicio doméstico o el sector no estructurado.

Esto nos lleva a preguntarnos en qué medida, el hecho de que las mujeres estén incursionando en el ámbito político-electoral (en gran parte gracias a las cuotas, la paridad y los prepuestos específicos asignados para su empoderamiento) está generando reacciones violentas frente a su participación, que se traducen en comentarios sexistas y misóginos dentro de las campañas, así como a la evaluación del desempeño de sus cargos a partir de dobles parámetros, por mencionar algunos ejemplos. 


Mientras las instituciones no brindemos respuestas adecuadas a estos planteamientos, no podremos hablar de una participación igualitaria y no podremos garantizar que las mujeres aporten en libertad todos sus saberes a la tan aspirada democracia paritaria.


De acuerdo con Amaia Pérez Orozco[5], los “cuidados implican la gestión y el mantenimiento cotidiano de la vida y de la salud, la necesidad más básica y diaria que permite la sostenibilidad de la vida.”


Según esta autora, “implican una doble dimensión “material”, corporal –realizar tareas concretas con resultados tangibles, atender al cuerpo y sus necesidades fisiológicas– e “inmaterial”, afectivo-relacional –relativa al bienestar emocional.”


Las aportaciones a la democracia de quienes han llevado a cabo estas labores de cuidado de la vida –primordialmente mujeres- han sido totalmente invisibilizadas. Eso tiene que cambiar ya que no hay forma de hablar de democracia paritaria sin personas que se hagan cargo de tales roles. Por ello, debemos reconocerlas y valorarlas en términos político-electorales.
Finalmente, paso a hablar del quinto componente que he propuesto: la participación efectiva de las mujeres.

QUINTO COMPONENTE: Participación efectiva de las mujeres


En su Recomendación General 23, el Comité CEDAW manifestó su preocupación ante la exclusión de las mujeres de la vida política y de los procesos de adopción de decisiones que determinan las modalidades de la vida cotidiana y el futuro de las sociedades. Esta exclusión, señaló, “ha silenciado la voz de la[s] mujer[es] y ha hecho invisibles su contribución y su experiencia.”


Como he señalado en otras oportunidades[6], en los mismos términos que Norberto Bobbio afirma que los derechos humanos se han convertido en uno de los principales indicadores del progreso histórico, considero que, hoy en día, el número de mujeres en política constituye un indicador de la calidad de la democracia, al punto de que resulta vergonzoso voltear al pasado reciente y notar la ausencia de mujeres en la integración de órganos de elección popular.


Garantizar que la voz y experiencia de las mujeres tenga eco, va más allá del 50-50. En efecto, ese indicador no es suficiente. Es indispensable que la participación de las mujeres no se refleje únicamente en números, sino en resultados, en el avance de sus agendas y por supuesto, en el goce de sus derechos.


De hecho, la Sala Superior[7] ha determinado que una vez asegurada la paridad, es necesario dar otro paso y garantizar la representación sustantiva de las mujeres que consiste en que desempeñen una función pública que les permita participar en la toma de decisiones y presentar sus inquietudes y propuestas ante órganos de decisión.


A partir de estos componentes, en síntesis, podría decir que la democracia paritaria implica otro entendimiento del poder, de su repartición y de cómo se ejerce.


En este tipo de democracia es indispensable entender el poder como una vía para la igualdad dentro de la que todos los cuerpos, saberes y proyectos de vida son valiosos, con responsabilidades y derechos que se ejercen en condiciones de igualdad y libres de violencia.


Los cinco componentes que les he planteado pueden ser la base para evaluar la democracia paritaria que estamos construyendo desde que las sufragistas iniciaron su batalla. Sin duda, el proceso electoral en curso brindará elementos para ello.

[1]Cuenta satélite del trabajo no remunerado de los hogares de México, 2015. Boletín de prensa núm. 532/16, 9 de diciembre de 2016. Aguascalientes, Ags. Disponible en: http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/boletines/2016/especiales/especiales2016_12_03.pdf
[2] Ver párrafos 10 y 11.
[3] Publicado en el Diario Oficial de la Federación el 2 de febrero de 2016.
[4] Ver párrafo 13.
[5] Amaia Pérez Orozco. Amenaza Tormenta: La Crisis de los Cuidados y la Reorganización del Sistema Económico.
[6] Conferencia del 9 de marzo de 2018, en el marco del Curso-Taller titulado Paridad libre de violencia política en razón de género, realizando en el Tribunal Electoral de la Ciudad de México. El video del evento está disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=hy17TcgRm0g
[7] SUP-JRC-4/2018 y acumulado.

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